Cuando ella camina por un lugar con obstáculos, como un pasillo por el que circula gente, arriba del bondi o en un bar esquivando personas, levanta el hombro derecho como hago yo, excepto que yo lo levanto cuando estoy sentado leyendo, no cuando camino. Lo noté un día mientras caminaba delante mio dentro de una milonga esquivando personas, buscando la mesa donde estaba Valentina con el francés. No me gusto, me pareció raro y pensé: "Levanta el hombro". Sin embargo, hoy la extraño y me gustaría verla y estar con ella, y su hombro no me importa. Me importa, si, su ausencia, que si bien no es grande, deja un vacío notable. Su ausencia es como lo que hay en una habitación de una cabaña con piso de madera viejo impregnada con olor a humedad en la que solo entra un soplo de sol por la mañana y no alcanza para renovar nada. La habitación es bonita, pero falta ese aire fresco sin olor a nada, pero fresco y dinámico, que podés aspirar y sentís como entra en tu nariz y luego llega a tu pecho y te infla y después lo largas para empezar de nuevo. Ese fresco es ella. Y es ese estar, como parte de mi por un rato hasta que la dejo salir en libertad de nuevo, como ese aire. Ella es así.
Si miro por la ventana de esa habitación esta todo el pasto verde, pero afuera. Del otro lado del vidrio, lejos de mi. Y ahí recuerdo sus ojos, que son así de ese color verde verde. Si me despertara una mañana y encontrara esos ojos verdes verdes mirándome seguiría esperando despertarme otra vez mas. Tiene unos ojos reverdes! tan lindos... Cuando la miro observando algo, está seria, mostrando distancia y yo con la misma seriedad le digo algo gracioso en voz baja observando en la misma dirección y es entonces que de repente algo empieza a suceder, y yo ya lo veo venir como una percepción certera, y tengo que empezar a girar la mirada y alejarme unos centímetros rotando el cuerpo para ver el momento preciso en que se expande en su rostro y toma una forma voraz y colmada de alegría desbordada en sus labios el amanecer de su sonrisa. Esto ocurre a menudo durante el día y es un espectáculo fascinante. Esos labios te hacen pensar en la textura aterciopelada de las alas de las mariposas, pero como si cuyas hebras microscópicas que la componen estuvieran hechas de caramelo, de modo tal que si yo acercara mi boca lentamente junto a la suya, con la intención definitiva de besarla, la temperatura de mi aliento produciría que esas microhebras indefensas, y cumpliendo el propósito final de sus vidas, se fundiesen una tras otra en un térmico efecto dominó justo en el instante antes de que mis labios tocasen los suyos y convirtiéndose en el último bombón de la caja que no querés terminar rápido sino disfrutarlo y saborearlo. Cerraría los ojos para intentar comprenderlo mejor, pero luego me deslumbraría un pensamiento inquietante de que en realidad es todo un engaño y que he caido en una trampa tan obvia, pero tan linda, que decido en el mismo momento no apiolarme de nada y dejarme llevar sin mesura por su encanto terrible y amplísimo. Ya nada me importa su hombro, solo me importa ella mientras la recuerde y la extrañe, como hoy.
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